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LA DESIGUALDAD MATA

Por Juan Carlos Botero Zea; columnista invitado


¿Hacía cuánto no se oía en el Congreso una frase tan falsa e insólita? “De desigualdad nadie se ha muerto”, afirmó el representante Miguel Polo Polo. Falsa, porque Colombia es el segundo país más desigual del continente. E insólita, porque quien la dijo es miembro de la comunidad afro, una de las que han sufrido los efectos más letales de esta injusticia.



Que una frase sobresalga en el Congreso por falsa e insólita es diciente. Porque lo cierto es lo contrario: la desigualdad mata. Y mucho.


María José Pizarro señaló que el 70% de la riqueza nacional está concentrada en el 10% de la población, y en Colombia cada semana mueren 5 niños de hambre.


En este país la desigualdad es tan vasta que la mayoría no tiene acceso a una salud digna, ni a tres comidas diarias, ni a agua limpia, y la gente trata de vivir con sueldos de hambre.


Sin duda, la recuperación económica ha sido notable. Pero el hecho más notable de esa recuperación no es su éxito, sino el hecho de que sus beneficios no han sido equitativos, y mientras una fracción de país está cada día más rica, la mayor parte de la población se hunde en la pobreza.


La pandemia agravó la crisis. Hoy hay 3,6 millones de pobres más que antes. El 42% del país vive en la pobreza, y el 30% vive en estado de vulnerabilidad.


Es decir, tres cuartas partes del país viven en el abismo o rondan el precipicio, y basta una crisis o la pérdida del empleo para sumarse a la penuria.



La realidad es esta: la desigualdad es ante todo un problema político. Hay sociedades que han acortado la brecha entre los pocos ricos y los muchos pobres.


Stiglitz señala que hace 60 años en Corea del Sur sólo una de cada 10 personas se graduaba de la universidad; hoy es uno de los países con mayor número de egresados universitarios.


Cuando hay voluntad política, la tragedia de la desigualdad se reduce.



No es el caso de Colombia. ¿Quién define la agenda de la nación? ¿Los afros, los indígenas, las minorías? Quien define la agenda verá sus intereses mejor atendidos que otros.


En Colombia la concentración de riqueza en pocas manos salta a la vista, y el código tributario ha sido diseñado por quienes gozan del poder, con atajos y beneficios para los grupos más influyentes. Cuando personas o regiones tienen más poder que otras, no se busca el bien común sino el bien particular, y la convivencia civilizada se desintegra.


Nadie busca la igualdad perfecta. Pero sí reducir la desigualdad extrema para que una minoría no sea la única con acceso a lo mejor de todo (salud, educación, sueldos, vivienda), mientras que la mayoría cada vez tiene menos y recibe peor salud, educación, comida y vivienda.



El bienestar no está prohibido en Colombia. A nadie se le impide el ingreso a los mejores colegios y hospitales del país, ni a las mejores empresas o universidades. La gente no accede a esos sitios por prohibidos sino por razones económicas. Es un problema de injusta distribución del ingreso. De desigualdad.


Miguel Polo Polo es de Tolú, uno de lugares más pobres y con mayor desnutrición del país. Se le acusó de plagio cuando fue candidato a la alcaldía, y hoy tiene 12 demandas ante el Consejo de Estado por posibles irregularidades.


La comunidad afro necesita, y se merece, un mejor representante. Al menos uno que no diga cosas tan falsas. Y tan insólitas.



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