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¿VIVIENDO ENTRE ENEMIGOS?

Por Juan Carlos Botero Zea; Columnista invitado


A menudo en Colombia vemos al otro como un enemigo. El peatón ve al conductor como un enemigo. El conductor ve al peatón y a otros conductores como enemigos. El político ve a sus rivales como enemigos. No es raro que el empresario vea al sindicato como su peor enemigo. Y viceversa. Con frecuencia el campesino ve al soldado como un enemigo. Y viceversa. ¿Y cuántas veces el joven no ve a la autoridad como la enemiga? ¿Y viceversa?



La gente en la ciudad se mira con desconfianza, con hostilidad, con suspicacia. No se percibe solidaridad, ni comunión social, ni transitan las personas con actitud respetuosa y cordial. Ni siquiera con indiferencia, que sería preferible, sino con aprensión, reserva y hasta agresividad.


En esto el contraste con otros países más desarrollados es impactante. En cualquier ciudad europea prevalece el respeto entre la ciudadanía, la consideración, el gesto cortés. No: allá todo no es perfecto, y sí: de vez en cuando ocurre el pleito callejero. Y el trato entre nosotros no es siempre violento y hostil. Pero sí pasa mucho, demasiado, y para un país eso es grave, porque impide la convivencia civilizada.


Parte de lo que fomenta la prevención entre las personas y contribuye a que nos veamos como enemigos es el fracaso de nuestros gobernantes, y donde más se aprecia esto es en las grandes ciudades. Si el tráfico no fluye y si no hay avenidas amplias y sin huecos, hay que luchar para salir del atasco. Si no hay cebras bien pintadas ni puentes adecuados, el peatón arriesga la vida al cruzar la calle. Si el transporte público es insuficiente y de mal servicio, hay que forcejear por obtener el puesto en el bus o el vagón. Si la inseguridad prevalece, cualquiera que se acerca puede ser un atracador. Si no hay dónde estacionar, se termina por invadir el espacio público. Y si la movilidad es imposible, llegar a tiempo a la cita, al trabajo o al hogar es una batalla a muerte.



Todo esto produce una sociedad de valores invertidos, donde el que gana es el astuto, el que se cuela, el que no respeta el semáforo, el que hace trampa. La realidad citadina le dificulta al ciudadano ser amable y generoso, y lo obliga a ser vivo y egoísta; se beneficia el que más avanza, así sea haciendo piruetas en la calle; triunfa el avispado, el que se saltó la fila, el que condujo más rápido, así haya puesto en peligro al peatón. Esta realidad no fomenta la paciencia ni enseña a respetar el turno o a ceder el puesto, porque después quizá no hay más turnos o puestos disponibles. Frases como “hay que tener malicia indígena” no sólo delatan un racismo atroz, sino que reflejan una sociedad que se concibe a sí misma en contienda, en estado de guerra, donde no pierde el tramposo e insolidario sino el gentil y atento.

El otro gana la batalla del día. Pero pierde la sociedad.



Una vez ayudé a un ciego a cruzar la séptima. Al llegar al otro lado, salieron de los arbustos sus secuaces para atracarme. Huí a tiempo. Pero la próxima vez que vi a un ciego cruzando la calle dudé en ayudarle.


Nuestros gobernantes nos han fallado. Y todo esto va más allá de la vida en las grandes ciudades. Porque para lograr la paz total tendremos que cambiar muchas cosas, y la primera será la manera en que nos vemos.


No como enemigos, sino como hermanos y compatriotas. Y eso no es fácil.



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