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NO ES FÁCIL CREER

Por Juan Carlos Botero Zea; Columnista invitado


Hay que creer. Hay que seguir creyendo, y creyendo en muchas cosas. En el experimento sin fin que es la democracia, por ejemplo. En la posibilidad del buen gobierno. En la honestidad de nuestros líderes. En el país y en el futuro. Pero no. No es fácil. No es fácil sacarle el cuerpo al cinismo, y cada vez es más difícil creer sin ser ingenuos, confiar sin ser tontos. Y mantener viva la delicada llama de la esperanza en medio de tanta sangre, tanta burla y tanto desengaño.



Hay que creer en la política, a pesar de los políticos. Porque a menudo aquel que se proclama defensor de la honestidad y enemigo a muerte de la corrupción al poco tiempo tiene videos y grabaciones cometiendo fraudes y aceptando sobornos. Óscar Iván Zuluaga, nada menos que dos veces candidato presidencial, después de confesar en público sus delitos en audios interceptados, tiene la osadía de declararse inocente de toda culpa ante la Fiscalía. Y Rodolfo Hernández, quien para tantos más era nada menos que un posible jefe de Estado, inhabilitado por actos de corrupción, tiene el descaro de lanzarse como candidato para la Gobernación de Santander.



Hay que creer en la gente, a pesar de ver a las masas vitoreando a Noño Elías, el corrupto exsenador que regresa como un héroe a su pueblo de Sahagún. Al igual que Santander Lopesierra, el Hombre Marlboro, quien oficializó su candidatura para la Alcaldía de Maicao en medio de una ovación popular de aplausos, a pesar de su pasado de narco y a pesar de estar vinculado a la investigación por dineros ilícitos entregados a Nicolás Petro, hijo del presidente Gustavo Petro.



Hay que creer en el gobierno de turno, a pesar de que nuestro canciller, Álvaro Leyva, define a Armando Benedetti como “un drogadicto a quien no se le puede creer”, y sin embargo le prolonga su permanencia como embajador en Caracas, quizás porque olvidó que los cargos públicos existen para servirle a la gente y no para callar a gente incómoda. Y hay que creer así nuestro embajador en Nicaragua, León Fredy Muñoz, marche feliz y a favor de la infame dictadura de Daniel Ortega, y así nuestro canciller tampoco considere que ese acto merece su despido inmediato. Quizás porque pensó que es normal, o aceptable, que un representante del país defienda lo indefendible.



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