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MIEDO A LA VERDAD

Por Juan Carlos Botero Zea; Columnista invitado


Toda mentira es temporal. Tarde o temprano siempre sale a relucir la verdad.



Por eso es inútil el esfuerzo de tantos, que a menudo son los más poderosos, de prohibir la divulgación de lo sucedido, de impedir que la verdad se descubra y se comparta, y que brille y destelle en toda su intensidad. Pero aun así lo intentan y hacen de todo para que no se conozcan los hechos. No conviene, aducen. No es bueno para el país o para la imagen de las instituciones que se publique lo ocurrido. Es preferible callar. Es preferible la oscuridad. Y es preferible el silencio. Cobardes.


Esto no es nuevo, claro. Desde los tiempos de los faraones, que borraban muros enteros de jeroglíficos para reescribir la historia de las dinastías, hasta las prácticas estalinistas de realizar juicios teatrales y eliminar figuras indeseables de las fotos oficiales, los dueños del poder siempre han maquillado los hechos para que la gente conozca una sola versión de la Historia. La que les conviene a ellos.



En Colombia es práctica corriente. No existe un sector en el país que no haya cometido la vileza de ocultar la verdad. La Iglesia, las Fuerzas Armadas, la prensa, el Gobierno, etc. Pero hay unos más culpables que otros. Y por lo general son aquellos que han ejercido el mando, quienes desean que los casos de corrupción ocurridos durante su gestión no se sepan, que las atrocidades no se denuncien, que los errores no se anuncien y que las promesas incumplidas no se publiquen.


Le tienen miedo a la verdad. Miedo a admitir lo que resulta incómodo. Miedo a reconocer, por ejemplo, que el expresidente Álvaro Uribe se excedió demasiadas veces y en demasiados frentes. Miedo a reconocer que en este país el bienestar económico no ha sido colectivo sino selectivo. Miedo a reconocer que ciertos medios de comunicación ya ni siquiera simulan informar sino que están dedicados de lleno al negocio de la desinformación. Miedo a reconocer que las FF. AA. han cometido abusos. Miedo a reconocer vínculos entre terratenientes y paramilitares, narcos y abogados, políticos y bandidos. La verdad, con frecuencia, indigna, y por eso tratan de tapar el sol con los dedos.



¿El caso más reciente de este esfuerzo pueril? El Informe Final de la Comisión de la Verdad. Es perentorio que sus 28.000 testimonios se divulguen y que los nueve millones de víctimas del conflicto tengan la dignidad de la luz pública. Pero cuando se realizó una jornada educativa con 4.000 colegios (“La escuela abraza la verdad”) para que los niños conozcan la realidad de nuestra guerra, muchos protestaron. Van a deshonrar a las FF. AA., objetaron. Van a tergiversar la Historia. ¿De qué sirve que un chico sepa qué es un falso positivo?


El miedo a la verdad les impide apreciar lo que salta a la vista. Que la verdad limpia y purifica. Que si las FF. AA. cometieron horrores, estos se tienen que saber. Que para las víctimas negar lo ocurrido es la peor de las afrentas. Que las instituciones se fortalecen no maquillando y ocultando sus excesos, sino ventilándolos para que no se repitan. Que si un niño sabe qué es un falso positivo y si le enseñan la tragedia inenarrable de ese crimen infame, quizás crezca pensando que eso no se debe hacer. Nunca. Que endulzar la verdad, por la razón que sea, es mentir. Y ante todo esto: que toda mentira es temporal.



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