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MAL CONSUELO, BUEN PROPÓSITO: LA DISYUNTIVA CLIMÁTICA EN LA BIODIVERSIDAD

Por Brigitte Baptiste Ballera; Columnista invitada


Durante los últimos meses se ha insistido en que la crisis climática ante todo es un problema de justicia ambiental global, ya que la intoxicación atmosférica con gases de efecto invernadero ha sido el resultado de un modo de construir bienestar humano llamado progreso, fundado en el uso masivo de energías fósiles (carbón y petróleo) y vinculado con las ideas del desarrollo propias de las posguerras del norte global.



Lo bueno del argumento es que reúne a China, India y Estados Unidos en un bloque de responsables, al cual se le puede sumar Europa, Japón y Australia.


Lo malo es que nuestros modelos de bienestar, por más que tratemos de excusarlo, se rigen sustancialmente por los mismos principios coloniales de transformación insostenible de los ecosistemas, así estén regulados por el mercado o el Estado.


En síntesis, como dolorosamente lo señaló Manuel Rodríguez hace poco, ni siquiera emitimos CO2 porque no podemos, dado nuestro rezago tecnológico e institucional: nuestra pobreza es por torpeza.



Tenemos, por otro lado, el rabo de paja de la deforestación y desecación, que ni siquiera sigue un ideario industrializador o moderno: talamos bosques y rellenamos humedales para crear señores feudales, con ejércitos privados, manejo de marca y todas las perversiones de una promesa de bienestar simulada que ha contaminado incluso a los movimientos sociales de base: el debate ambiental, por ejemplo, se ha convertido en una lucha abstracta de principios ideológicos clientelizados con escaso fundamento material o empírico.


Los colombianos, gentilicio accidental, provenimos de oleadas sucesivas de pobladores del norte e invadimos el continente desde hace unos 14.000 años, prosperando inicialmente gracias a la biomasa animal.



Primero nos comimos los mastodontes y otros bichos gigantes, luego le entramos duro a los venados, dantas y manatíes, por fortuna más difíciles de atrapar, engordando gracias a peces, tortugas y roedores (chigüiros y primos) más prolíficos, y los patos, proteína inmigrante. Con hambre, aprendimos a sembrar maíz y yuca.


La última oleada colonizadora vino del otro lado, cruzando el mar hace 500 años, y nos enseñó a comer oro, tabaco, quina y luego carbón, petróleo, café, arroz, azúcar, vacas y cocaína, lo que indirectamente condujo al uso de sus réditos en los mismos modelos insostenibles de un estilo de globalización que podría ser otro. Tendrá que ser otro.


La destrucción arbitraria de la biodiversidad garantiza el no futuro y es mucho peor que la transformación climática del planeta.



Sin la riqueza biológica de la evolución orgánica, ChatGPT no tiene más historias que contar que la de Frankenstein, una y otra vez.


El futuro se basa en hacer que lo inorgánico sea regenerativo, parece que sin IA no podremos sobrevivir al cambio climático: nuestra inteligencia “natural” va más despacio y deberá concentrarse en mantener lo humano del cyborg.


Entre tanto, minería, granjas solares, represas, turbinas eólicas, ciudades pequeñas o metrópolis, industrias gigantes o mypimes, cooperativas tercas, sindicatos codiciosos o virtuosos, organizaciones locales indígenas, afros y campesinas de nueva generación, comunidades religiosas diligentes, ecoturistas ingenuos, líderes osados de cualquier género o académicos apergaminados no valen nada sin una perspectiva menos rapaz, que recupere el verde.



El verde verde, una idea que se puede utilizar para el diseño de nuevos ecosistemas (no los del pasado), financiada por la deuda climática del norte y por todos los actores arriba mencionados, con la cual podríamos aspirar a salvar el mundo, sin exagerar.


También, sin tanta retórica ni necesidad de resacralizar la naturaleza, esa idea arcaica con la cual tratamos de lidiar nuestra casi inexistente educación emocional. Colombia, potencia mundial de la vida, sí, pero con acciones coherentes.



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