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HECHOS CASUALES

Por Juan Carlos Botero Zea; Columnista invitado


El milagro de la lectura requiere de un autor y de un lector. Lo que importa es la experiencia literaria, y ésta sólo se da cuando se fusiona el acto de escribir con el acto de leer.


Por eso digo que el lector es el cómplice del autor, porque el uno requiere del otro y entre ambos se produce la magia de la experiencia literaria.



En verdad nada alimenta y transforma tanto como la lectura. ¿Cuántos libros no hemos leído que nos han enriquecido la vida de modo invaluable? ¿Que nos han cambiado la manera de ver el mundo y de percibir nuestra sociedad y nuestra propia realidad? ¿Acaso yo podría tener el mismo concepto de mi país sin haber leído Cien años de soledad, o de México sin haber leído a Juan Rulfo? ¿Qué concepto podría yo tener del heroísmo sin haber leído La odisea y Don Quijote? ¿Del amor sin haber leído Romeo y Julieta? ¿De la traición sin haber leído Macbeth? ¿De cada tema de importancia en la vida?


Yo sería iletrado en esos asuntos, y mis propias experiencias personales carecerían de apoyo intelectual o sustento filosófico para descifrarlas, asimilarlas y utilizarlas a mi favor. Para eso leemos. Para crecer como humanos, para entender y enriquecer la existencia. Para exprimir unas preciosas gotas de sabiduría. Y la sabiduría, anotó Will Durant, no nos hará ricos, pero sí nos hará libres.



Por eso escribo. Para darle expresión literaria a temas que considero importantes y que sospecho que no se han escrito. Un autor no debe limitarse a producir más libros. Debe sentir que hay un vacío, una historia o un tema que no se ha contado o tratado y que es urgente que se haga.


Por eso publiqué mi novela titulada Los hechos casuales. Porque al igual que el personaje principal, Sebastián Sarmiento, soy consciente de que todo lo que me ha ocurrido en la vida, desde lo más grande hasta lo más sencillo, es fruto de una serie de pequeños hechos casuales, encadenados por el azar, la suerte o el accidente, que adquieren un efecto dominó y alcanzan dimensiones colosales. Muchos de esos sucesos lucen triviales, sin duda, y tienen una apariencia menor, pero cuando uno advierte el alcance de esos hechos de aspecto insignificante, la conclusión es estremecedora: los hechos insignificantes no existen.



Más aún, sospecho que ésta es una experiencia universal. ¿A cuántos no les ha cambiado la vida, para bien o para mal, la intervención de un suceso pequeño y fortuito?


Pero esto ocurre no sólo a nivel personal sino también a nivel mundial. Porque un conductor, en un momento dado de la Historia, desea retroceder en un automóvil y su pie resbala del pedal, ¿mueren 17 millones de personas, como pasó en la Primera Guerra Mundial? O porque el vocero de un gobierno lee una sola palabra errada en un discurso oficial, ¿se cae el muro de Berlín, se desploma la Cortina de Hierro y se derrumba el imperio colosal de la Unión Soviética?


Mi intención en la novela era mostrar cómo el azar a menudo tiene un peso definitivo en el curso de hechos personales e históricos, y así entender que nuestro destino, con frecuencia, no depende de lo que nos proponemos sino de lo que ignoramos, de pequeñeces que surgen de pronto y que escapan a nuestro control.


A fin de cuentas, ignorar esto es desconocer una de las fuerzas más determinantes de la existencia. Y ése es un lujo inaceptable.



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