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EL SIMPLISTA

Por Juan Carlos Botero Zea; Columnista invitado


Todo lo anterior fue malo. Todos los empresarios son ladrones. Quien critica las reformas es un esclavista. Los gobiernos del pasado se dedicaron a robar. El progreso es mentira y oculta siglos de saqueos. Tras 200 años de vida republicana, nada es rescatable. Despierte. Ubíquese. Bájese de esa nube y aterrice en la realidad.



Seguro conocen a más de uno. Son fáciles de detectar. Ven el mundo en blanco y negro, como un campo de batalla dividido entre aliados y enemigos. Están listos para saltar y acusar a los del bando opuesto de ser brutos o vendidos. Llevan garrote. No conocen la incertidumbre. Son suspicaces. Confunden firmeza con intolerancia, y dilema con debilidad. Jamás piden disculpas por haberse equivocado, porque siempre saben las respuestas y nunca se equivocan.


Emiten juicios con certeza infalible, y no toleran el contraargumento. Quien cuestiona sus tesis es ingenuo o corrupto. Usan el insulto como un bolillazo para callar al otro, y no hay forma de matizar o señalar un reparo, así pregonen las teorías más dementes o infantiles.


Están de moda. Abundan en las redes. Se adueñan de los debates. El simplista no busca convencer. Busca descalificar. Tampoco opina: expresa dogmas. A menudo con odio. Y cuando pregunta, es en forma de acusación. Por ejemplo, si se critica al presidente, el simplista de ese bando salta para gritar: ¿entonces usted apoya a Uribe? Si lo aplaude, el simplista de ese lado vocifera: ¿es usted comunista? Fin de la discusión.



Esto agota y es inútil. No importa cuántas veces se explica que no, que uno no apoya tal cosa, que es factible criticar al Fiscal, al Presidente y a Uribe al tiempo. No importa cuántas veces se diga: tan pronto puede el simplista saca la cabeza y vuelve a preguntar/acusar, lleno de rabia: ¿entonces usted piensa tal cosa? No, no la pienso. Porque el mundo no se puede analizar de manera tan maniquea y superficial.


Para el simplista no existen los matices, pues las respuestas son obvias. La duda es cobardía, y quien no apoya sus ideas es un ignorante. Lástima, porque sólo preguntando y aceptando que no se saben las cosas es que la persona, y de paso la humanidad, progresan. Hoy esa opción es impopular. Cuestionar es perder el tiempo y distrae de lo que el simplista sabe de sobra, sin dudar jamás: que sólo hay “nosotros” vs. “ellos”. Y si uno no está de su lado, está del otro. Aunque es fácil ser enemigo de ambos bandos a la vez.


Todo esto ha pasado antes. Ocurrió durante el fascismo. Los culpables de todo eran los judíos y punto. Ocurrió durante el comunismo: cuestionar al líder era defender el imperialismo. Después del 9/11, criticar a Bush era traicionar a EE.UU. Ahora en gran parte de Europa los inmigrantes causan todos los males, ¿no lo sabes? Pues vete enterando. Y en Colombia si cuestionas a jefes incuestionables, eres criminal.



Entretanto los problemas siguen. La pobreza, la desigualdad, el desempleo y la inseguridad aumentan, y se requieren soluciones urgentes. Pero no es fácil. Porque lo único seguro es que esas soluciones no vendrán del simplista, pues cada problema es de una complejidad monumental.


¿Hay remedio para todo esto? Quizás. Recordar la frase de Unamuno: “Admiro a quien busca la verdad, pero no quien dice haberla encontrado”.



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