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ABU GHRAIB / La rabia de Botero

Por Juan Carlos Botero Zea; Columnista Invitado


Veinte años después de la invasión de tropas norteamericanas en Irak, quizás la obra de arte que mejor capta el horror de esa guerra basada en mentiras es la serie titulada Abu Ghraib de Fernando Botero.



En mayo del 2004, mientras viajaba en un avión, el maestro abrió la revista The New Yorker y leyó el artículo de Seymour Hersh acerca de las torturas cometidas por guardias gringos a sus prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib.


Furioso, Botero sacó un cuaderno y sus lápices de dibujo, y ahí mismo empezó a trazar los primeros bocetos de lo que, al cabo de 14 meses de trabajo obsesivo, terminaría siendo la serie más valiente y controvertida de su carrera.



La rabia de Botero era entendible: no se trataba de un grupo aislado de guardias perversos cometiendo fechorías sin el conocimiento de sus jefes superiores, sino de algo más grave y complejo todavía.



La nación que se ufanaba de ser la protectora de los derechos humanos había orquestado un sistema de abusos desde las más altas esferas del poder, y aunque las tropas habían invadido el país con el pretexto de derrocar la tiranía de Sadam Huseín y hallar sus supuestas armas nucleares, éstas habían terminado torturando al mismo pueblo iraquí y en la misma prisión en donde Huseín le había quebrado el espíritu a sus propios compatriotas.


Botero sintió que no se podía quedar callado y por eso pintó esta serie, porque el arte, en sus momentos de mayor grandeza y lucidez moral, representa una acusación permanente, el único medio que tienen los creadores a su alcance para avivar las brasas de una idea que no se debe apagar nunca: que no podemos aceptar lo inaceptable, y cualquier pueblo o nación, si pierde la brújula de su honra y ética, puede sucumbir en la barbarie.



Los cuadros son tremendos. En la mayoría los presos tienen los ojos vendados y las manos amarradas con sogas que han abierto la carne de las muñecas. La sangre abunda, así como los mastines que ladran y muerden, y también los rostros adoloridos y la posición intolerable del cuerpo sufriente, aplastado por la bota militar o azotado por el bolillo manchado de rojo.


Hay otro aspecto de estas pinturas que sobresale: la mano que ingresa de soslayo, luciendo un guante de látex como el de los enfermeros, de tono azul o verdoso.



El detalle capta una dolorosa ironía: éstas son las prendas que los médicos usan para sanar y curar, no para herir y atormentar. Pero además el guante pone de relieve un hecho que afrenta aún más: la voluntad de quien golpea y propina patadas, y su asco de entrar en contacto con la persona que está torturando hasta la muerte. Este gesto es elocuente porque se resume en esto:


yo puedo martirizar sin piedad, pero no acepto que esta piltrafa tendida a mis pies, con el rostro aterrado que grita, me toque. Ese guante es uno de los detalles que mayor indignación genera de esta serie.



Por cierto, ninguna de estas obras jamás se vendió, porque para el artista es inadmisible lucrarse del sufrimiento ajeno. Por eso Botero donó más de 60 cuadros a la Universidad de California en Berkeley, y el resto a la American University en Washington.


El maestro experimentó una suerte de catarsis al realizar esta serie, como un proceso de purificación a través del arte.


Pero su denuncia quedó pintada en sus obras. Y quedó para siempre.



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